La opinión del hincha albiverde en su regreso a Primera División después de 11 años, por Miguel Hernández (@MHacheS).

Minuto 89 del partido. Temuco derrota claramente a Copiapó, la fiesta es total. Incluso el segundo gol de los nortinos fue incapaz de intranquilizar a las 18 mil almas albiverdes que a esas alturas ondeaban sus banderas y cantaban que Temuco es de Primera. El día es precioso, el ambiente insuperable, la alegría desborda por todos lados. Y de pronto aparece el recuerdo.

Se me va el audio del estadio y me fui a negro, recordando esa tarde maldita, en noviembre del 2007, cuando a pesar de ganarle a San Luis, a una fecha del final del torneo de Primera B, Curicó derrotaba a Copiapó (vaya coincidencias de la vida) y nos sacaba una diferencia irremontable en el puntaje, empujándonos a ese foso terrible que es la Tercera División, el futbol amateur.

Me acordé de la impotencia, de la rabia, de la pena, de la incredulidad… en fin, de todos los estados de ánimo que puedan imaginarse que sufrimos quienes esa tarde nefasta, vimos esfumarse -igual que el humo que nos vendieron- la posibilidad de mantener la categoría profesional.

Allí estuvimos. Allí empezó nuestra pesadilla. Pero a pesar de todo, el cuadro albiverde no quedó solo.

Su hinchada lo siguió a cada cancha inmunda en que le tocó jugar, llenó estadios que en su vida habían visto lo que era recibir a un equipo con historia en el futbol chileno, hizo frente a fuerzas hasta entonces opuestas que quisieron hacerlo desaparecer. Pero resistió. Su gente lo hizo resistir.

La historia de Temuco, administrativamente hablando, no es muy distinta de lo que ocurrió tantas veces con otros equipos, que como Osorno por ejemplo, terminaron extinguiéndose, abrumados por las deudas y el fracaso deportivo. Sin embargo, lo que los demás no tuvieron fue el tesón de su gente, que se negó a la idea de ver morir al gigante del sur y mantuvo viva la llama de la esperanza por el retorno al futbol grande.

Cuando estuvimos en Tercera y hubo que animar la fiesta desde las gradas, Temuco tuvo asistencias superiores a las de la B e incluso de Primera División. Cuando las deudas tenían al equipo al borde de la desafiliación, fue su gente la que anónimamente -para la mayoría- puso de su bolsillo la plata necesaria para ponerse al día con la ANFP, una vez que la dirigencia ya no quería seguir gastando. Cuando el actual dueño de Temuco tuvo que decidir si seguía o no con su proyecto personal de camisetas rojas y gradas vacías, fue la gente de Temuco, su hinchada, la que inclinó la balanza a favor del Indio Pije.

Me acordé de cada fracaso que tuvimos en estos once años. De campañas nefastas, de finales perdidas, de torneos horribles terminando más cerca de los colistas que de los punteros. De jugadores que vinieron a cobrar y se fueron sin dejar recuerdos. De dirigentes que prometieron el cielo y terminaron arrancando como ratas. De cada amargura que aguantamos por amor a Temuco.

De pronto vuelvo en mí, vuelven los cánticos, minuto 93, me doy cuenta que estoy llorando, pero ya no de amargura si no que de alegría, de satisfacción. La hinchada que nunca abandonó se abraza, celebra, canta el himno, agradece a los jugadores y recibe su recompensa merecida por tantos años de sufrimientos e injusticias. Se termina el partido, se termina la pesadilla. Estamos de vuelta en el futbol grande, allí donde nos hicimos grandes.

Como puedo, abrazo a mis amigos, a mi padre, a mis hijos, a mi mujer, mi hermana, y respiro como si hubiese estado 11 años bajo el agua, aguantando la respiración, aguantando las ganas de gritar que Temuco es campeón, que el mal sueño terminó.

 

Foto: T13.cl

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