lunes, septiembre 21, 2020

La opinión del hincha del «León de Collao», por Ilich Rivas, administrador de @historialila.

Al llegar del estadio el domingo pasado, le conté a un amigo, hincha de la Universidad de Chile, sobre lo vivido durante el día en el Ester Roa. Escuchando mi relato, él llegó a una conclusión que resume el espíritu de quienes trabajaron, los que fueron  y los que apoyaron el evento por redes sociales y en sus casas. Dijo que lo que sucedió en el estadio fue lo más básico y fundamental del fútbol, lo más lindo de este deporte: lo que movía a todos era sólo la pasión por los colores, la identificación con la ciudad. El amor de los hinchas.

Marcelo Bielsa dijo alguna vez que, en el fútbol, lo único insustituible son los hinchas. Apostado en el stand de historia, vi pasar hinchas de todas las edades y de todas las clases sociales.

Vi padres felices contándoles a sus hijos que estuvieron en un partido añejo, alguna final de Segunda División, que vieron debutar a algún jugador, que vieron esta camiseta y la otra.

Vi ancianos que, con un esfuerzo admirable, llegaron al estadio a renovar sus votos con el club y derramar una lágrima al ver una foto antigua, recordando una anécdota vivida en el tablón del viejo Collao

Vi muchos jóvenes, generación que ha pasado dos o tres alegrías y mil tristezas con el club, pero estaban ahí, orgullosos cantando y marchando por el equipo, en un acto de rebeldía frente a la injusticia.

Vi abuelas, madres, niñas, mujeres que también son hinchas acérrimas, fieles, conocedoras de la historia y del fútbol, desafiando las convenciones de género de este mismo deporte, independientes o con sus familias igualmente participando y cantando a la par.

Vi a un joven sudafricano, con un trabajoso español y una bufanda que alguien le regaló, llegar al estadio con una sonrisa en la cara, feliz de la vida. Un barrista lo abrazó y le dijo (no miento ni busco ser cliché): «esto es el Conce, amigo. Bienvenido, compañero».

Vi argentinos, colombianos, un hincha de Colo Colo, otros de Universidad de Chile, gente que ni siquiera era simpatizante lila, pero que entendió la idea y salió a la calle igual, porque el llamado era abierto a la ciudad, a todos.

Vi a los dirigentes del Club Social trabajando desde temprano, a un director bajando paneles, a un presidente cargando cajas, vi a muchos hinchas anónimos recibiendo socios, vendiendo camisetas, mostrando las copas del club. Ninguno recibe un sueldo ni participa con acciones. Solo está ahí por cariño, por las ganas de trabajar.

Lo que vi el domingo pasado es, precisamente, lo que me gusta de Deportes Concepción. Que es un club de familias, de abuelos, niños, de jóvenes. Un club abierto, pacífico, sin barras bravas, sin falsa rebeldía, sino que verdadero orgullo provinciano, amor por el morado, respeto por la historia. Un club de gente sencilla, trabajadora, variada y unida.

Parecía incomprensible para el resto: ir al estadio sin que hubiese un partido, jugadores ni nada. Fue solo por el afán de cantar y de revivir el ritual de cada domingo con los nuestros, no tenía mayor sentido. Ahora adquirió el carácter que buscábamos y a todo Chile le quedó claro: lo que pasó el 9 de octubre fue historia, un hito que marca la supervivencia de Deportes Concepción y que remarca su importancia en la ciudad y en el corazón de sus hinchas. Concepción vive, pese a todo y contra todos. Deportes Concepción no se fue.

Cinco mil hinchas marchando y repletando la galería sur del Ester Roa no son cosa menor. No es algo que puedes borrar con una decisión administrativa, ni siquiera con una sentencia judicial. Castigando, desafiliando, excluyendo, no puedes derrotarlo, todo lo contrario: solo le das más fuerza a los hinchas. Más ganas de seguir cantando que el Conce no se va, que lo más grande es ser del Conce. Porque el 9 de octubre de 2016 quedó eso más que claro.

 

Foto: Cristian Vivanco.