sábado, septiembre 19, 2020

Un profundo análisis sobre la tragedia que puso de luto al fútbol, por Rodrigo Molina.

En la madrugada del martes 29 de noviembre ocurrió una de las tragedias más horribles que ha tenido la historia de nuestro fútbol. Un total de 71 personas perdieron la vida en un cerro cercano a la ciudad de Medellín, Colombia. Entre aquellas víctimas fatales estaba el cuerpo técnico, dirigentes, periodistas y un grupo de 19 jugadores que viajaba a cumplir un sueño: jugar la final de la Copa Sudamericana. Estos mártires formaban parte del club brasileño Chapecoense.

Recuerdo que eran las cuatro de la madrugada y me desperté de sobresalto. No podía dormir, y como si un ángel me estuviese hablando al oído, sentí la necesidad de prender mi PC y meterme a Internet. Lo primero que hago es meterme a las páginas de La Tercera y de Cooperativa, y en ambas se nombraba con grandes títulos que el avión del Chapecoense había sufrido un grave accidente, mostrándose a la vez dos fotos: una con el avión hecho mierda y la otra mostrando una insignia del Chape casi destruida.

Con el correr de los minutos iban pasando las imágenes de los primeros rescatados, de Alan Ruschel encamillado y con máscara de oxígeno, que los sobrevivientes no pasaban de seis, que el masajista fenecía camino al hospital, que se rescataba a dos miembros de la tripulación, y que el número de salvados no pasaba de seis. El Twitter de nuestra página web estaba activo con muchos posteos y retweets desde que se conoció la tragedia. Antes de irme a trabajar, pude postear que Helio Neto había sido encontrado con vida y que, infelizmente, el portero Danilo Padilha fallecía mientras era operado.

Surgieron las evocaciones de cuando tenía 13 años. Corría el mes de diciembre de 1987 y estaba en los últimos días de colegio, preparando mi graduación de Octavo Básico. Me gustaba escuchar la Cooperativa, ya que mis ideales políticos y sociales estaban despertando. De repente suena la tradicional tanda que anunciaba las noticias, y Sergio Campos dice: “Vuelo que transportaba al club Alianza Lima ha desaparecido en la costa frente a Lima. Se desconoce si hay sobrevivientes”.

Con el paso de las horas, de los días, comencé a comprender lo que significaba una tragedia en el mundo del fútbol. El equipo más popular del Perú perdía a todos sus jugadores, aunque se dice que uno de ellos, Tomasini, se salvó y hoy está en algún lugar de España, con su mente perdida. El mar fue devolviendo uno a uno a las víctimas, el pueblo peruano se volcó a las calles del Barrio La Victoria a despedir a sus ídolos, naciendo la leyenda de los queridos y recordados “Potrillos”, la nueva esperanza del fútbol peruano que por negligencia de un piloto perdían la vida en el Mar de Ventanillas.

El mundo futbolístico se conmovió. Muchos clubes ofrecieron su ayuda, siendo la más significativa la de Colo-Colo, que cedió a cuatro de sus jugadores para reforzar al cuadro blanquiazul. Seis años más tarde, mientras estaba trabajando en Blockbuster, volví a escuchar en la radio las noticias de otro accidente aéreo, esta vez cobrando la vida de un seleccionado completo, el de Zambia. Quizás no lo tomé tan a peso, pero reconocí entre las víctimas a Chabala, un moreno que jugó en Argentina, en los clubes Ferro y Argentinos Juniors, y que vi en fotos cuando leía El Gráfico.

En esos tiempos, muchas veces con mi papá conversamos del accidente en donde parte del plantel de Green Cross perdió la vida en 1961 cuando las alas de un avión se cubrieron de nieve y cayó en un cerro cerca de Linares. Nos tocó de cerca porque un tío mío, Romualdo Sotomayor, era el tercer arquero del cuadro “pije” que jugaba en Santiago (no en Temuco como dijo mucha gente), quien era muy amigo de una de las víctimas del accidente, el portero Dante Coppa, de quien se decía era el futbolista más elegante del balompié chileno y que era todo un gentleman, además de que Rigoberto Salinas, volante que se salvó porque estaba lesionado, es el padrino de mi papá.

Le decían los “Pijes” porque era un club que representaba a la clase alta de Santiago, una especie de Universidad Católica actual que en esos años era muy popular. Green Cross tenía el dinero suficiente para contratar figuras de la talla de Eliseo Mouriño, el mejor volante de contención del fútbol argentino de todos los tiempos. Pude contemplar en la Revista Estadio el funeral multitudinario de las ocho víctimas, con los ataúdes puestos en carrozas tiradas por caballos y rodeados de sus compañeros acongojados y las floristas cubriéndolos de pétalos. Los ocho “pijes” perdieron la vida después de jugar un partido por la Copa Chile ante Provincial Osorno, la cual se le otorgó ese año de manera póstuma.

Torino en 1949, la base de la Selección Italiana… Manchester United en 1958, en el Desastre de Munich… Ocho jugadores de la Selección de Dinamarca en 1960… The Strongest en 1969, en el llamado Desastre de Viloco, donde murió todo el equipo boliviano… El Tashkent, equipo de Uzbekistán que falleció completo en 1979…

¿Por qué nos causó tanto dolor, tanta congoja, esta horrible tragedia que afectó al Club Chapecoense?

Vivimos actualmente en un mundo globalizado, en una era postmoderna, en donde con un simple click podemos abrir numerosas ventanas que antes eran desconocidas. Vivimos guerras en vivo, catástrofes en vivo, masacres en vivo, accidentes en vivo, como así también podemos contemplar in situ elementos positivos como festivales, reuniones sociales, manifestaciones públicas, recitales, etc. El fútbol ha sido absorbido por esta globalización, no solo porque se ha convertido en una herramienta más del mercado económico, sino porque nos permite conocer realidades tan diversas y de diferentes lugares del mundo que antes eran muy poco comunes, y más que eso, conocer verdaderas historias de vida que hay detrás de diversos proyectos deportivos.

Uno de esos proyectos deportivos jóvenes, humildes y entusiastas era el del Club Chapecoense. La primera vez que escuché hablar de ellos fue cuando disputaron los cuartos de final de la Copa Sudamericana el año pasado ante River Plate, inclinándose ante el poderoso cuadro argentino. Este año, bajo la conducción técnica de Caio Junior, otrora entrenador de Jorge Valdivia en el Palmeiras, los Chapecos mostraron una gran disciplina táctica, orden defensivo y gran juego de conjunto en lo ofensivo, sobre todo jugando de contragolpe.

De esta misma forma eliminaron a los poderosos cuadros argentinos de Independiente y de San Lorenzo, y su mejor muestra futbolística la hicieron realidad ante el Junior de Barranquilla, con una goleada de 3-0 en el partido de vuelta, bajo la lluvia, que pudo haber sido perfectamente un 6-0 o un 7-0. Un fútbol alegre, de toque fino y a ras de pasto, con ataques profundos y solventes y un gran porcentaje de posesión del balón ponían a los “indiozinhos” en la final del segundo torneo más importante de Sudamérica.

Era el enfrentamiento de un humilde cuadro brasileño, que no gozaba de la fama de un Santos, de la popularidad de un Flamengo, un Fluminense, un Corinthians, y del palmarés de un Cruzeiro, un Internacional, un Gremio, un Sao Paulo. Chapecoense es un equipo pequeño, representante de una ciudad ubicada al sur de Brasil, en el estado de Santa Catarina, muy apegado a un pueblo identificado con sus colores. Lo puedo comparar perfectamente con un Deportes Temuco, por ejemplo. Un equipo joven y con muchos sueños e ilusiones de grandeza, cuyo objetivo era derribar con sus armas, su talento y su capacidad al actual gigante de Sudamérica, el todopoderoso Atlético Nacional de Colombia. Y creo yo, firmemente, que el Chape lo hubiese logrado.

¿Cuántas veces hemos vislumbrado la batalla entre el humilde y el poderoso? En la música, en la literatura, en el arte, en el animé y también en el deporte? ¿Quién no se alegró cuando Cobresal se tituló Campeón del Apertura 2015? Equipo noble y que representa a un pueblo que está desapareciendo lentamente. O cuando se coronó campeón O’Higgins tras derrotar a la Universidad Católica en el Nacional, o cuando Huachipato se tituló después de 28 años… O en otras latitudes, como ese gran equipo de Lanús, que derrotó con armas nobles y brillantes al San Lorenzo de Tinelli, o cuando compartimos la alegría del vestuario del Leicester, quien aguardó el empate del Tottenham para titularse Campeón de la Premier League de Inglaterra el pasado campeonato 2015-2016…

Muchos compartíamos la ilusión y los sueños de grandeza de este grupo de jóvenes gladiadores. Habían derribado enormes murallas para ganarse su derecho a disputar la final de la Sudamericana. Jóvenes plenos de alegría, colmados de entusiasmo, unidos en la hermandad y en el compañerismo, con una amistad auténtica y soberana, y un respeto absoluto a la figura de un mentor como lo era Caio Junior. Chapecoense era el espejo que reflejaba la autenticidad del pueblo brasileño, alegre a pesar de las vicisitudes, incondicional con sus pares, leal, gentil, cristiano, de valores sólidos que giran en torno a la lucha por el bienestar social alejándose de lo individual, querer ser más y no tener más, volver a ser grandes como personas y no ser egoístas ni falsos.

Chapecoense era la esperanza del pueblo brasileño para poder nuevamente disfrutar y gozar de un fútbol en estado puro, lleno de alegría, de belleza, de grandeza, de triunfo, como lo fue en la época de los Mundiales obtenidos en 1958, 1962 y 1970, o aquel equipo soñado de España 1982 que fue derrotado por un solo hombre, el divino Paolo Rossi.

Desgraciadamente esos sueños quedaron sepultados en una ladera de un cerro colombiano. No solo las vidas de estos sacros atletas quedaron aplastadas bajo los escombros de un avión, sino también las de su cuerpo técnico, dirigentes, periodistas que compartían aquellas ilusiones de grandeza y que lucharon tras un micrófono por volver a ver a un Brasil poderoso futbolísticamente. No le echo la culpa a nadie. Ni al piloto, que quiso jugar con las probabilidades volando con el combustible justo, ni al Presidente del Chape, por contratar un charter que parecía una micro de recorrido, sin seguro, en mal estado, sin autonomía de vuelo y sin un plan de emergencia. Es el drama de los clubes pobres que no tiene la capacidad económica de trasladar a sus equipos en medios de transporte de mejor categoría y calidad. Detrás de sus muertes hay asesinos irresponsables, que estaban más preocupados de las viles ganancias que de las vidas de un grupo de deportistas, negocios turbios en donde grandes conglomerados visten el traje de cómplices de la Tragedia.

El ser humano se une en la adversidad, y el fútbol logra unirse ante la tragedia. Nos emocionó a todos ver las muestras de respeto y el silencio absoluto de los diversos clubes del mundo y sus respectivas hinchadas, sus deseos e intenciones de ofrecer todo tipo de ayuda al Chapecoense en forma gratuita, el ver como distintos clubes del mundo pusieron el escudo del Chape en sus respectivas camisetas.

Nos colmó de lágrimas el silencio de Anfield… la unión ante la tragedia de clubes argentinos antagónicos de por sí, como Boca, Racing, Independiente, River… Los jugadores de Barcelona y Real Madrid arrodillados y orando juntos por las almas de los mártires en un Camp Nou silente y respetuoso… Nos llenó de orgullo ver un grupo de niños de una Escuela de Fútbol de La Legua haciendo un círculo y orando en respeto a las víctimas, porque esos son los valores que deseamos inculcar en nuestras niñas y niños.

Nos colmó de lágrimas el gesto del Atlético Nacional de cederles el título de la Copa Sudamericana 2016, o vislumbrar cómo los clubes brasileños se unían para solicitar que el Chape no descendiera por tres años y cederles a préstamo a algunos de sus jugadores. Nos llenó de emoción ver, por ejemplo, un Estadio Monumental de Colo-Colo respetando el dolor, alzando al cielo miles de globos verdes mientras Tito Beltrán cantaba el Ave María de Schubert, además de felicitar a la Garra Blanca, que guardó una compostura envidiable, callándoles la boca a quienes ya señalaban faltas de respeto por parte de ellos. Nos llenó de admiración ver las calles de una ciudad colombiana como Medellín, despidiendo a los mártires chapecós, y nos hizo derramar lágrimas contemplar una ciudad completa volcada en un pequeño estadio, soportando la inclemente lluvia que caía como las lágrimas de los ángeles desde el cielo, dándole el último adiós a sus ídolos, como si fueran sus propios hijos, sus hermanos o sus familiares más queridos.

Me siento orgulloso de haberme hecho cargo de la cobertura de todo lo relacionado con la tragedia del Chapecoense en estos últimos tres días. Porque esta tragedia también es mía, porque me nacionalicé brasileño y porque fui muy feliz cuando moré por dos años en sus tierras. Porque soy un agradecido del pueblo brasileño y de su alegre gente. Mi tarea fue llena de amor, de admiración y fue una humilde muestra de respeto a una institución pequeña que quiso ser grande, y que fue víctima del destino, cuando éste quiso jugar a los dados.

Voem alto, queridos jogadores, ídolos, mártires do Chapecó. Nossa tarea e nem esquecer seu legado. Pequenhos, humildes, mais com moita sede da gloria, vitoria e grandeza…

Não há grandeza sem humildade. Não há vitória sem esforço. Não há milagre sem fé e não fé sem Deus. Adeus aos guerreiros da Chapecoense.

N.de la R.: Al momento de publicar esta columna, el Club Atlético Chapecoense era declarado Campeón de la Copa Sudamericana 2016.