martes, septiembre 22, 2020

La experiencia de trabajar como periodista en un partido del Campeonato Carioca de Brasil, por Geraldine Molina y Sebastián Munizaga.

La verdad es que venir al estadio en Brasil fue más complicado de lo que esperábamos. Desde semanas antes de llegar acá, teníamos pensado ir al Estadio Maracaná a un partido de Flamengo vs Vasco da Gama, el domingo 26 de marzo. El problema es que ya en el hotel y en pleno plan de itinerario, descubrimos que los rojinegros tenían conflictos con la empresa que administra el estadio y, en resumen, no jugarían en Río de Janeiro.

El partido fue trasladado al estadio Joao Havelange, en Brasilia, a 18 horas de Río. Era imposible asistir. Y peor fue notar que los otros partidos de la cuarta fecha de la segunda rueda del Taça Río, el campeonato estadual de la ciudad carioca, serían en estadios tan alejados que tomaba como mínimo dos horas llegar a ellos desde el centro. En auto. Sin locomoción colectiva. Y cerca de 35 mil pesos chilenos en taxi solo de ida.

Pese a que la acreditación como prensa estaba lista, no había partidos a los que asistir. Pero fútbol había en la televisión, y mucho. Aunque no era lo mismo: queríamos vivir el balompié, saber qué tan distinto era en comparación con Chile. Soñábamos con conocer estadios no comos turistas, sino como periodistas. Y revisando, descubrimos que el jueves, el estadio São Januario sería sede de un partido por el Campeonato Carioca. Vasco da Gama recibía a Boavista, a las 21:30 horas. Básicamente, el fútbol estadual nos estaba diciendo “upa”, y ¿qué mejor que responderle “chalupa”?

Así que vinimos. El estadio queda aproximadamente a media hora desde nuestro hotel (barrio de Lapa, pleno centro de Río) y decidimos probar suerte. Si nos iba mal, entraríamos como hinchas, pero no era la idea.

De partida, era muy difícil comunicarse con los guardias, pero un imprensa poa porta sete, que graficaron mostrando siete dedos, y apuntando hacia la derecha, nos hicieron entender que había que darle la vuelta al estadio hasta llegar al sector de prensa, que era la puerta 7.

El vigilante del portón que nos indicaron fue muy prepotente, porque ¿qué le interesaba a él ayudar a periodistas chilenos que poco y nada sabían de portugués? Nada. Y llamó a un encargado del estadio, que muy amablemente revisó el correo de la Asociación de Periodistas Deportivos de Río, revisó las credenciales, y nos llevó donde el vicepresidente de Vasco.

El vicepresidente decidió llamar de inmediato al jefe de prensa del club, quién nos autorizó a ingresar, y oficialmente nos declaró como periodistas. Leandro, jefe de prensa de Vasco, fue muy simpático y, tras preguntar nuestros nombres, los medios en que trabajamos, de dónde somos y si veníamos a ver el partido o a trabajar (a ambos, le respondimos, ya que había crónicas que hacer), nos pidió el número de teléfono para mantener contacto profesional, y nos llevó al sector delimitado para la prensa.

Lo primero fue que ¡NOS DIERON UNA CASETA PARA NOSOTROS SOLOS! Aunque el ingreso fue un poco complicado y con muchas vueltas dentro y fuera del estadio, la gente fue muy amable y nos otorgó todas las facilidades y comodidades que los comunicadores tienen aquí.

Y Leandro, encargado de las comunicaciones de Vasco, nos trajo las alineaciones en papel para que pudiéramos trabajar. El trato fue, definitivamente, mejor que el que se da en Chile, donde los periodistas tienen un espacio pequeño y es, en general, usado por los hinchas. Donde las casetas son exclusivas para televisión o radio, y la prensa escrita y digital suele ser degradada a lugares donde, a veces, ni siquiera hay corriente eléctrica o internet. Y peor, donde a veces tampoco acreditan solo porque los encargados de comunicaciones no lo quieren así.

Si bien en São Januario no hay internet, cada caseta (de 35 disponibles) tiene asientos acolchados para 15 personas y enchufes en cada uno de ellos, aire acondicionado y ventanales para ver y escuchar mejor el partido.

El frontis e infraestructura de São Januario es muy similar al Santa Laura, en Chile. Estilo arquitectónico parecido, entradas casi iguales, tanto el ingreso al estadio como al sector de prensa. Las tribunas son distintas, y se asemejan un poco al estadio Lucio Fariña, de Quillota, ya que falta una galería (sur, en Chile).

La cultura futbolística brasileña es muy distinta. Hay un bar para la prensa, debajo de las tribunas, e incluso venden cerveza a las hinchadas, tal como en Chile venden bebidas o sándwiches.

Veinte minutos antes del partido comenzó a llover a cántaros, con 24 grados, pero la gente siguió llegando al estadio para alentar a su querido Vasco. Para ellos no había mayor problema, si la lluvia tropical les es normal, pero para los árbitros la cantidad de agua en el pasto impedía que la pelota rodara como debe. De hecho, se barajó firmemente la suspensión del juego.

Personeros del club entraron a barrer la cancha, intentando disolver las pozas, mientras referís y futbolistas divagaban la postergación del encuentro, al medio del gramado, y haciendo que el balón se moviera de un lado a otro para calcular si giraba lo suficiente o no.

Con 17 minutos de retraso, y con una lluvia que acababa de cesar, se dio inicio al encuentro. ¡Por fin! Lo más sorprendente es que, según la transmisión televisiva, en la media hora de retraso que tuvo el partido, cayeron 35 mm de agua. En nuestro país no se jugaba ni aunque fuera la final del mundo.

El partido estuvo más trabado que el Chile vs Colombia de la Copa América Centenario, y luego de que Vasco abriera el marcador antes de la primera mitad del primer tiempo, no hubo mayores incidencias en el encuentro. De hecho, lo más novedoso fue que el local comenzó a jugar de negro, pero terminó con la camiseta blanca, porque la ropa se mojó muchísimo por la lluvia.

Aunque el juego no fue mayormente entretenido -casi no pasaron cosas que requieran ser contadas-, y solo fue interesante el temporal, ver fútbol y trabajar como prensa en un país distinto al propio, con otro idioma, con equipos conocidos acá y que tienen jugadores de los que dudo haber oído alguna vez, pero entendiendo al balompié como lenguaje universal, es una experiencia única. Todo fanático de este deporte debería vivirla alguna vez en su vida.