Por Ignacio Osorio
La semana pasada, en uno de los varios duelos cruciales de esta
cruzada clasificatoria hacia el Mundial 2026, tanto en los partidos contra
Perú como contra Venezuela, dos rivales directos en la lucha por el
último cupo clasificatorio o el cupo al repechaje, la Selección de Chile
salió a la cancha en búsqueda de aquellos puntos vitales. ¿El
resultado? Cuatro de seis puntos, más una notoria mejoría futbolística
que, lamentablemente, todavía no sabemos si será la tónica.
Dentro del 11 titular, no hubo muchas variaciones respecto a las ya
escasas opciones que maneja La Roja. Sin embargo, sí es posible
hablar de un gran nombre: Arturo Vidal, el jugador total.
Vidal, de 37 años, exjugador de Bayern Múnich, Juventus y Barcelona,
otrora uno de los mejores volantes mixtos del mundo (probablemente el
mejor de su generación), es hoy un veterano que esparce y deslumbra
con su jerarquía y aprendizaje en el club de sus inicios, Colo-Colo, en
donde —también— se ha transformado en una especie de jugador total.
Ciertamente, físicamente ya no es el de antes, pero esa merma es
muchas veces suplida con otros atributos dentro de la cancha:
ubicación, técnica, manejo, lectura y análisis de juego, que le permiten
no solo correr mejor, sino también hacer mejores a sus compañeros.
Aquello que hace habitualmente en el torneo nacional lo hizo esta vez
por la Selección, transformándose en el corazón de un grupo de, en su
mayoría, jóvenes jugadores que buscan hacer sus primeras armas en el
combinado nacional. A su jerarquía, experiencia, presencia y buena
técnica se suman las capacidades y habilidades de nombres como
Vicente Pizarro, Lucas Cepeda, Alexander Aravena e incluso
Maximiliano Guerrero, quienes aportan aquello que, de pronto, a estas
alturas, a Vidal le falta, pero que tampoco —por el momento— podrían
lograr sin él.
Arturo Vidal se ha transformado, en esta etapa de la Selección, en un
jugador total que, cuando está bien físicamente, marca aquellas viejas
diferencias de antaño; y que, cuando no lo está, suple con lecturas,
análisis y movimientos que permiten que el resto se luzca, guiando,
apoyando y conteniendo en un contexto duro, rupestre, árido y complejo
como lo suelen ser las clasificatorias sudamericanas. En estas, muchas
veces, para marcar sutiles pero importantes diferencias, es más
relevante el carácter, la templanza y la jerarquía que solo el buen fútbol.
Hoy, si bien queda poco de aquel Arturo Vidal box to box, también ha
aparecido un número 8 (o 23) que es capaz de ser consejero, guía y
capitán (con o sin jineta), que, con virtudes y defectos, busca potenciar y
lograr que las nuevas generaciones —tal como él lo hizo— lleven a
Chile a otra cita mundialista.
En definitiva, en estas pasadas fechas clasificatorias vimos a un Vidal
que, nuevamente, con virtudes y defectos, es capaz de echarse la
presión al hombro, declarar, azuzar, aleonar, pero también jugar, asistir,
apoyar y contener para que el colectivo sea el beneficiado y se puedan
lograr los resultados. Arturo Vidal ya no es solo el Rey; también es un
jugador total.